Estimados paisanos, estimadas paisanas. Autoridades.
Es para mí un gran honor el haber sido distinguido con la posibilidad de dirigirme a mi pueblo en un día de tan señalada significación como el que hoy celebramos, y en una plaza, LA PLAZA de Trebujena, lugar emblemático en el que una vez más nos reunimos cuando algo extraordinario nos acontence colectivamente al igual que hicieran nuestros antepasados con anterioridad. Una plaza en definitiva, testigo mudo de todas las visicitudes históricas que el devenir de los años nos tenía reservado.
Una plaza que de podernos hablar, o mejor dicho de saber nosotros oirla, porque de seguro que nos habla, nos contaría que antes de que ella naciera hace ya algo más de cinco siglos, le contaron los ancianos del lugar que hacía ya varios milenios que los primeros humanos hollaban por nuestro suelo, que llegaron casi con lo puesto, que apenas si sabían confeccionar su ropa y sus chozas, fabricar sus cacharros con barro y que no hacía mucho que dominaban el arte de la agricultura y la ganadería.
Y que con el paso del tiempo, la riqueza de nuestras tierras y nuestro antiguo lago, así como con el aporte de los conocimientos que iban trayendo otros hombres que fueron llegando de allende el Mediterráneo unas veces, del otro lado de los Pirineos o del norte de Africa las otras, consiguieron un crisol de culturas que iban siendo asimiladas con mayor o menor esfuerzo por los pobladores de nuestro terruño.
Y según le contaron a nuestra plaza, en dicho crisol se habían vertido diferentes compuestos y esencias: sobre una base de tartesio, un reactivo llamado fenicio con ráfagas helénicas; al iberopúnico obtenido, se le añadió en doble proporción una fecunda dosis romana más una pizca germano-visigoda, y todo ello fue coloreado con el verde manganeso islámico. Como resultado de esta larga cristalización una rica sociedad, amante de la ciencia y la cultura pobló nuestros pagos hasta mediados del s. XIII.
Justo el momento en que otras gentes venidas del norte, vuestros directos antepasados, por no se que problemas de intereses económicos y territoriales, revestidos de diferencias ideológico-religiosas, expulsaron a los que aquí moraban desde algo más de cuatro milenios y se fueron instalando muy lentamente en los abandonados campos trebujeneros.
Aquí se puede decir que comienza mi historia, la de mi gestación como el pueblo que hoy conocemos, la de plaza embrionaria de una Trebujena cuya fé de bautismo, conocida como Carta Puebla, fue firmada hace hoy exactamente 510 años por la pluma del entonces dueño de estos lares, D. Juan Alonso Pérez de Guzmán, octavo duque de Medina Sidonia y otros muchos títulos.
Pero creo que vamos muy deprisa, y aunque hoy estamos aquí para celebrar los cinco siglos y una década de nuestra constitución como ente municipal propio, creo que es de justicia que volvamos por un momento la vista atrás para honrar también a los trebujeneros y trebujeneras, entendiendo como tal a toda persona que habiendo nacido aquí, o que sin tener la suerte de haber nacido por aquí, pero que llegado un día por estas latitudes decidió consumir el resto de su existencia al calor de nuestro sol.
Para ello es preciso que dejemos volar un instante nuestra imaginación, retrocedamos en el tiempo unos 5.000 años para mirar con los ojos de los primeros humanos que pisaron nuestra tierra. Situémonos por ejemplo en Bustos, uno de nuestros cerros pegados a la Marisma, donde se pueden rastrear las más antiguas huellas de la presencia humana en Trebujena allá por las postrimerías del Neolítico.
Imaginemos que somos uno de los apenas media docena de hombres, que habiendo partido hacía unas lunas de su territorio en la cercana serranía, nos aventuramos por primer vez en la exploración por estas tierras de suaves lomas. Imaginemos la impresión que debió causar en estos seres al coronar uno de estos cerros, la visión a sus pies de la gran extensión de agua que por entonces era la marisma. La estructura mental de unos hombres que seguramente vestían con pieles y cuyo armamento más sofisticado aún eran las puntas de piedra de sus flechas, debió sufrir un fuerte impacto.
Posiblemente pensaron que habían llegado al fin del mundo, la tierra se acababa y comenzaba el mundo del agua. Y lo que era más sorprendente aún, al atardecer comprendieron uno de los misterios del señor del cielo, esa bola de fuego que aunque no nos permitía que le mirasemos fijamente, nos protegía del frío y de los peligros de la oscuridad, comprendieron que era aquí donde se retiraba a descansar, en este agua, ellos lo habían visto con sus propios ojos, esta tierra por su proximidad al lugar de descanso del óculo sagrado tenía que ser por necesidad igualmente sagrada.
Así lo demostraba la riqueza de caza que habían visto y la posibilidad de pesca; y por si fuera poco la tierra era dócil y predispuesta a ser arañada por la azuela de piedra en estos albores de la Agricultura. El clán tenía que saber cuanto antes el descubrimiento, una tierra de esperanza les aguardaba. Una nueva tierra con nuevas posibilidades, nuevas posibilidades de progreso social y económico, la eterna constante atemporal del trebujenero hacía su aparición en la escena histórica.
Pero realicemos un avance cronológico de unos mil quienientos años. Y para no convertir mi discurso en pesada perorata. Saltemos sólo mil quinientos años y permitidme ser ahora un poco más académico y menos prosaico. Situémonos a finales del Calcolítico. ¿Y que es el Calcolítico os preguntareis?. Pues según el profesor Pellicer, palabras textuales: “se definiría vagamente como esa cultura de una fase posterior al Neolítico y anterior al Bronce, en que se realizan los primeros ensayos de metalurgia, a la vez que aparecen formas materiales y espirituales nuevas.”
Osea, para que nos entendamos, nuestro avance nos ha situado en una época histórica en la que la práctica totalidad de los pagos de nuestro término cuentan con uno o más asentamientos humanos. Son focos de poblamiento de apenas unas decenas de, porqué no llamarlos así, trebujeneros, que ya dominan la agricultura como atestiguan la gran cantidad de molinos y moletas que a poco que nos fijemos vemos en nuestros campos, de azuelas de piedra o de silos para el almacenamiento del cereal de los que todos hemos tenido noticia. El trigo, la cebada,el centeno, el mijo, el haba y el lino son los cultivos del momento. La caza del ciervo, el jabalí o el conejo van perdiendo importancia en la dieta alimentaria ante el aporte calórico de especies ya domesticadas como cerdos, bóvidos o cápridos. Y ni que decir tiene la gran importancia en la alimentación de esos primeros pobladores, (se podían permitir el lujo dada su proximidad al fértil lago), de la malacofauna. Y ustedes dirán que qué es eso, pues ni más ni menos, que las almejas, coquinas, navajas y otros productos que el lago nos ofrendaba, como se demuestra por los numerosos “concheros” que nos encontramos en nuestros campos.
Pero es que además esta gente ya habían aprendido por transmisión la técnica para la transformación del mineral en cobre y por tanto disponían de algunos objetos del por entonces tan preciado metal.
Estaba teniendo lugar una lenta pero imparable evolución desde unas sociedades de cazadores hasta esta otra que ahora vemos en que unos grupos humanos eran predominantemente agricultores o ganaderos, mariscadores o mineros a uno y otro lado del profundo e inmenso lago que luego darían en llamar Tartessos. Esta incipiente especialización posibilitó que aparecieran los primeros excedentes de producción y con ellos el comercio.
Se iba perdiendo el carácter más o menos igualitario de las sociedades de cazadores al tiempo que se iba consolidando un nuevo concepto de sociedad más complejo en el que empiezan a aparecer unas gentes más influyentes que otras, unas aldeas más poderosas que otras, y si volvemos a saltar en el tiempo otros mil años para situarnos en el Bronce Final nos encontramos con que esta jerarquización termina con la primera ciudad hegemónica de esta región Asta.
Para que nos hagamos una idea Asta debió ser en los siglos VIII y VII a.C. para el suoroeste de la Península Ibérica, lo que fue la Córdoba califal para la Europa de los siglos IX y X de nuestra Era, o Nueva York en el siglo XX; ni más ni menos que el centro político, cultural, económico y financiero del momento.
Pero mira tú por donde, nuestra tierra asimilado ya el poderío astense, va a sufrir por primera vez los efectos de la globalización, sí sí de la globalización, ese término tan de moda, que no es ni más ni menos que la imposición de una manera u otra de las estructuras mentales, políticas, económicas, etc. del más poderoso al menos poderoso, casi siempre en beneficio del primero.
Y quienes eran estos globalizantes, pues como todos sabemos gentes con instintos mercantiles muy desarrollados, naturales de ciudades-estado muy poderosas en estos momentos situadas en el extremo oriental del Mediterráneo, los llamados fenicios y en menor medida los griegos. Las velas de los barcos fenicios no tardaron en ser cotidianas en nuestro lago, hacía él fluían por las vías de comunicación marítimas atlánticas y terrestres de dominio tartésico los preciados metales, la vía de la Plata partía del sur en dirección norte llegando hasta León y Burgos, la vía Herakhleia remontaba el Guadalquivir y terminaba en el Levante español a la altura de Játiva.
A cambio, los orientales nos dejaron conforme se iban asentando en las colonias que iban fundando, y porque seguramente les interesaba la transmisión, innumerables conocimientos tecnológicos que revolucionaron la vida cotidiana de los naturales.
Como nos es imposible detenernos el tiempo necesario, vayan algunas pinceladas para hacernos una idea. En metalurgia se generalizan nuevas técnicas para el tratamiento del hierro. En alfarería nos enseñan el torno de alfarero de manera que la fabricación de cerámicas se profesionaliza. Se produce un florecimiento de la orfebrería, el tesoro de Ebora o los candelabros de Lebrija son botones de muestra de ello. En agricultura nos transmiten el yugo y el arado tirado por bueyes, introducen nuevas plantas como la palmera y el granado, y nuevos cultivos; el olivo y la vid, el vino hacía acto de presencia la Historia de Trebujena.
Pero no sólo en el aspecto material se nos iban a provocar cambios, en el terreno ideológico ibamos a incorporar nuevos conceptos como el de monarquía en el sentido orientalizante del término, o el alfabeto silábico tartesio, único pueblo indígena de la Península en poseer uno. Y como no en lo religioso, el culto a los dioses astrales de nuestros ancestros iba a ser paulatinamente sustituido por dioses de origen semita. Nuestros ídolos cilíndricos del Cerro de las Vacas que seguramente habían sido cada vez menos adorados hasta entonces iban a ser ahora definitivamente relegados al olvido en pro de la diosa Astarté o el dios Melkart fenicio, más tarde Herakles griego y luego Hércules con Roma.
Y hacia el periodo de dominación y aculturación romano nos tenemos que adelantar rapidamente para no eternizar esta exposición.
Hacer sólo una última pero creo que interesante apreciación, tras la fase cultural tartésica empieza la ibéroturdetana, y es ahora cuando tenemos la primera impronta histórica de nuestra existencia urbana, a este momento 5 ó 6 siglos a. C. pertencen las monedas con la inscripción CUMB-ARIA recogidas en Cerro de Las Vacas, Monesterejos o La Casita de Palomares por ejemplo. Dicha leyenda parece ser se corresponde con el oppidum o nucleo urbano recogido en las fuentes escritas como CONOBARIA, también transcrita como COLOBONA con posterioridad y sobre cuya localización de entre los yacimientos trebujeneros aun no hay total acuerdo. Yo me remito a lo que nos dice Plinio, un escritor romano que seguramente consultó fuentes griegas más antiguas. Textualmente dice: “... at inter aestuaria Baetis oppida Nabrissa, cognomine Veneria, et Colobana, colonia Hasta quae Regia dicitur....”, lo que traducido al castellano viene a decir que dentro del estuario en que terminaba el río Betis, osea nuestra marisma existían tres ciudades Lebrija, cognominada como Veneria, Colobona y la colonia de Hasta a que llaman Regia. Luego debemos considerar a Conobaria o Colobona, como queramos llamarla, el primer nucleo urbano de nuestra tierra medianamente imortante, la primera de las Trebujenas posibles. En cuanto a su localización tengo mis preferencias, pero como no coincide con lo establecido por historiadores consagrados prefiero guardar humilde silencio. Por ahora. Tal vez más pronto que tarde tengamos una agradable noticia al respecto.
Vayamonos precoces hasta los siglos I y II de nuestra era. El Imperio Romano está en todo su esplendor, es posiblemente ahora cuando exista una mayor extensión de suelo cultivada de nuestro término, sobre todo en torno a los núcleos de población medianamente importante que sabemos hubo por El Vento, Casita Palomares, Casarejos Monesterejos o el Cerro de las Vacas, así como en los alrededores de las numerosas villaes que existieron, lo que con el tiempo vendrían a llamarse cortijos.
Nuestros campos seguramente estuvieron orientados ya a los monocultivos predominantes en el momento y orientados al comercio, el olivo y la vid, no debemos de olvidar que ahora la ciudad eminentemente comercial y bajo cuya influencia nos encontramos es Gades, aunque el cereal y los productos dedicados al propio consumo también eran regalos de nuestros pagos.
El sistema de produción esclavista de los romanos debió aportar sangre nueva a nuestra campiña. La mano de obra barata del esclavo era una mercancía como otra cualquiera y las continuas guerras que daban vida al Imperio la suministraban con suma facilidad de los más variopintos lugares allende las fronteras latinas.
Para hacernos una idea muy exacta de cómo vivió el trebujenero romano os remito a la extensa bibiliogrfía existente, merece la pena, intentar un acercamineto aquí y ahora está realmente fuera de lugar.
Pero vayan algunas pinceladas para abrir boca, sabemos que a través de nuestro enclave más importante, Conobaria, a través de su puerto, se embarcaban los productos dirigidos a la exportación, el vino, el cereal, el acite el garum y otras salsas para condimentar a base de pescado de nuestro estuario. En las cercanías del puerto se encontraban los alfares y los hornos para la producción de las ánforas necesarias para envasar los frutos de nuestra tierra antes mencionados.
Esto que digo no es fruto de mi fantasía sino que se documenta en los restos de ánforas del Monte Testaccio en Roma que los especialstas en el tema reconocen como fabricadas en alfares próximos a Trebujena. De entre ellas cabe destacar uno de estos sellos de alfarero que se refieren a un tal Trebecius o Trebellius en quien ponen algunos estudiosos el origen del actual nombre de Trebujena.
Más no nos entretengamos más, cuando se hunde el Imperio allá por s. V d. C. la globalización romana ha transformado totalmente la sociedad que se encontró 600 años antes, ni siquiera la sociedad romana es ya la misma, el panteón de dioses romanos ha sido sustituido por una nueva religión monoteista que pasa de ser perseguida a ser la religión oficial del estado, el Cristianismo.
Desde hacía unos tres siglos nuestro lago interior venía sufrindo un proceso de desecación que trajo como consecuencias que la navegación terminara siendo sólo posible por las zonas más profundas, los caños de épocas posterores, y con embarcaciones de escaso calado. Todo ello debió de influir de forma muy negativa en la economía de la zona y por ende en su población.
Y pasó el tiempo. Arrancaba el s. VIII cuando nuevos señores de la guerra, venidos del norte de Africa, se hacen con el dominio de nuestro territorio, tras la fugaz y prácticamente inexistente presencia visigoda por Trebujena.
Una nueva globalización se avecinaba, y con ella nuevas estructuras de pensamiento de la mano del Islám iban a ser impuestas.
A la primera llegada del ejercito conquistador, que se asienta en los principales núcleos de control politico-sociales, le sucede un proceso de aculturación que poco a poco va calando en la población hispano-romana, al tiempo que nuevos contingentes humanos de origen musulmán se van mezclando racialmente con el susutrato aquí existente.
De todos es conocida la época dorada de esplendor y progreso del Al-Andalus califal y la no tan brillante de mayor rigor religioso en tiempos de almoravides y almohades.
De este periodo de quinientos años , desde ½ s. VIII hasta la expulsión de la población mudejar de Trebujena en 1264, poco sabemos bibliográficamente de nuestro terruño, sólo la referencia de un geógrafo musulmán Jedris el Edrisi, quien al describir la ruta marítima entre Algecrias y Sevilla a mediados del s. XI dice que desde Sanlúcar a unas seis millas rio arriba encontramos el puerto de TARBISSANA, antes de llegar a las islas de Tarfía.
El existencia de la cerámica de época musulmana más antigua en los mismos núcleos de asentamientos humanos trebujeneros de tiempos romanos nos habla de que no hubo interrupción en el poblamiento sino continuidad y aculturación.
Por el contrario, sí es significativo que la tipología de cerámica más moderna en casi todos estos yacimientos sea la de época almohade, es decir, la de la última etapa de la presencia musulmana en Trebujena, que viene a coincidir con la expulsión decretada por Alfonso X de Castilla tras la revuelta mudejar sofocada en 1264. En definitiva que la conquista cristiana de los campos trebujeneros conllevó su despoblamiento. Los esfuerzos repobladores de Alfonso X no parece que tuvieran mucho éxito.
Tras la resistencia heróica en 1294 de Alonso Pérez de Guzmán en Tarifa se convierte en primer duque de Medina Sidonia y las tierras de Trebujena pasan a formar parte del extenso patrimonio territorial de los Pérez de Guzmán.
Al poco tiempo el duque mandó restaurar el castillo e intentó asentar gente en “aquellos sitios donde parecía haber habido población”, más no debió tener mucho éxito. La cosa es comprensible si tenemos en cuenta que la frontera entre cristianos y musulmanes no estaba lejos y que por estos años Abu Yusuf era muy propenso a hacer correrías con su ejercito por la campiña jerezana, y eran tiempos que a poco que te despistaras te rebanaban el cuello sin el menor miramiento.
Hemos venido hablando y hablando de pueblos y culturas, de hombres y mujeres que vivieron aquí, de cómo cada momento histórico influyó en su existencia, y para todos ellos hemos querido reivindicar la condición de trebujeneros y trebujeneras.
Y con Trebujena como parte del patrimonio de una de las familias más influyentes de la Edad Moderna llegamos a finales del S. XV, para que nos situemos decir que estamos enabril de 1494, hace apenas dos años que la Corona de Castilla derrotó al último reinó musulmán peninsular y de que se embarcara en conquista americana; y en Trebujena, de ser cierta la leyenda iban a cumplirse 50 años de la aparición de la virgen de Palomares.
Y llegados hasta aquí no podiamos dejar de hablar de la homenajeada, de nuestra Carta Puebla, y permitidme por tanto que lea algunos fragmentos de su texto, el no hacerlo en semejante día sería poco menos que motivo de herejía, es más pienso que de institucionalizarse esta celebración en años venideros, debería formar parte de la liturgia del acto la solemne lectura del castellano rancio de su escritura.
Comenzaba el duque con una exposición de motivos que dice así: “Por quanto mediante la graÇia de nuestro sennor e la Virgen Sancta María, nuestra sennora, su gloriosa madre, yo he acordado mandar poblar el mi lugar de Tribuxena e darles tales libertades e franquezas con que los que a él vinieren a biuir e poblar sean muy aprouechados e se puedan conceruar en la biuienda e poblazón dél, por la presente le conÇedo e otorgo y es mi voluntad que asy a los que agora de presente a él fueren, como a todos los otros que yrán de aquí adelante con sus mujeres e hijos, los que los tuuieren, e con sus casas pobladas,sean tenidas e guardadas e se tengan e guarden perpetuamente e a sus hijos e deÇendientes para siempre jamás las cosas siguientes:”.
Y a continuación comenzaba la exposición de bienes materiales, exenciones con se obsequiaba a cambio de permacener al menos diez años en el “su lugar de Tribuxena”, donación de solar para vivienda y de tierras para su cultivo, deheasa de uso común donde pastar el ganado, delimitación del nuevo término municipal, cargos del naciente Cabildo, etc.
Cada vez que he oído hablar de nuestra carta de poblamiento he escuchado las mismas cosas, que si los limites eran tal y cual caño, que si tenían que edificar casa con cubierta de teja con una determinada intencionalidad, lo mismo que la obligatoriedad de plantar al menos una aranzada de viña, -el vino, otra vez el vino ligado a nuestro futuro- , etc., etc., etc.
De todo lo dicho se hace normalmente hincapié como hecho más importante el que se nos permitiera dotarnos de Concejo propio, de Ayuntamiento para que nos entendamos, que nos regalaban la secesión de Sanlúcar, que nos hacían independientes vamos, independientes pero bajo la atenta y arbitraria mirada de nuestro señor Duque.
En definitiva accedíamos a la independencia con respecto a la localidad vecina, pero seguíamos sin ser soberanos. La Soberanía, como todo el mundo sabe la conquistan los pueblos, y Trebujena desde mi modesto punto de vista no fue plenamente soberana hasta el 1º de enero de 1910 cuando tomó posesión de la Alcaldía D.Manuel Guerra Fuego, “El Maestro Guerra”, al frente de una corporación municipal enteramente republicana, algo impensable en aquellos años de amaños electorales, pucheazos y cacicadas. La llegada al gobierno municipal de estos trebujeneros, de noble apostolado en favor de redentores ideales que siempre defendieron frente al poder de inicuos opresores, tal como reza en la lápida de uno de ellos en nuestro cementerio, suponía la culminación y el triunfo de siglos de sufrimientos y lucha soterrada de la mayor parte de este pueblo. Pero esa es otra historia.
Decía que se suelen repetir las mismas cosas al estudiar las cuatro caras de nuestro más preciado pergamino. Pero nunca he oído ni leido nada a cerca de cómo vivían los pocos habitantes de aquel villorio de finales del s. XV, tal vez porque el acercamiento al documento se hizo siempre con los fríos ojos de estricto investigador. Pero cuando la mirada del lector reflejan el calor y el cariño de un trebujenero hacía su Libro se buscan otros datos, se obtienen otros datos.
¿Y qué podemos aportar de novedoso respecto a nuestro documento constitucional? Pués algunas apreciaciones. Si echamos un vistazo entre las líneas de nuestro acta fundacional veremos algunos rasgos de aquel “modus vivendi”.
Que en solar de la actual Trebujena ya había población, seguramente en los alrededores del castillo, nos lo dice la propia carta, seguramente también fruto de anteriores repoblaciones fallidas; “E asy mesmo les sean dadas ............... dos aranzadas a cada uno, de manera que se dauan a los otros vezinos que allí solían biuir e poblar”.
Pero, ¿Cómo era el entorno de la aldea? ¿Y la aldea misma?. La verdad es que no proliferan datos al respecto, pero sí pistas que nos permiten un acercamiento. “.... e mando que los dichos vezinos se puedan aprouechar e aprouechen de la lenna del monte ................... e asy mesmo ........ de la caÇa”.
Si un recién llegado, por ejemplo con el grupo de Los Palacios, subiese una tarde en aquellos días al cerro más alto del lugar, donde con el andar del tiempo se alzaría un molino de viento, al volver la vista hacía el mediodía vería un altozano con una torre fortaleza, el lugar era fácilmente defendible gracias a los profundos arroyos que a su lado existían, -los que nacimos en los sesenta aún podemos recordar como eran El Barranco y La Tolla, o El Berral-; la topografía de los alrededores del pueblo no debió cambiar mucho en 350 años, no había medios ni recursos, y así describe el Diccionario de Madoz a Trebujena a mediados del s.XIX: “....situada en altura cercada de varios arroyos y profundidades, entre las que existen algunas muy considerables hasta el punto de hacer casi imposible la entrada en el pueblo por algunos puntos.”
No muy alejadas del castillo dos hileras de casas cuyas fachadas de mampostería había costeado el propio duque para los nuevos pobladores –“veynte delanteras de casa que su sennoría les manda fazer”- y otras pocas casas dispersas, algunas con cubiertas de tejas y otras con techumbre vegetal, pero todas ellas con amplíos corrales traseros para el ganado.
Alrededor del caserío la zona para alimentar los animales domésticos, el cerdo vuelve a la dieta del lugar marchados los musulmanes: “Asy mesmo mando que les sea dado exido alrededor de mi dicho lugar,......... para que los dichos vezinos puedan traer sus puercos...”.
Más allá del ejido de uso común las tierras de labor, las pocas tierras que se podían poner en producción con los medios técnicos del momento. Las viñas volvían a formar parte del paisaje trebujenero.
El vino es ya un negocio rentable, el duque lo sabe, él mismo concede en 1513 a los cosecheros de Jerez permiso para que embarquen sus vinos a través del puerto de Alventos, luego no es de extrañar que insista también por este motivo en que se plante viña, sabe muy bien que con el tiempo de la futura producción vinícola trebujenera, obtendrá el beneficio que le corresponde como señor, sin desprenderse de una sóla gota de sudor.
¿No os suena esto de algo? ¿No se intuyen ciertas similitudes? Se fueron los señores feudales, marcharon los señoritos y caímos en las garras de insensibles multinacionales.
El nuevo habitante de Tribuxena que ha subido a lo más alto de la dehesa, observa como el caserío y los campos de labor que lo circundan se ven a su vez rodeados por el verdor del monte, del bosque y el matorral del clima mediterráneo, que ha ocupado todos los campos otrora cultivados en época musulmana. Verdor que se derrama hasta la misma orilla de la marisma todavía inundada por los efectos de las lluvias primaverales.
No quisiera terminar con nuestra Carta Puebla sin dejar de resaltar un detalle, de señalar la huella palpable aún hoy día, y que por cotidiana suele pasar desapercibida.
Si pudieramos saltar desde la torre de la iglesia y volar sobre el casco antiguo de Trebujena como hace a diario la cigüeña de nuestro campanario, nos daríamos cuenta que el urbanismo que perduró en nuestro pueblo hasta principios de los años setenta viene determinado por esta carta repobladora.
Como se puede entresacar de la lectura del texto de 1494, la primera calle de Trebujena se originaría con casas que enfrentando sus fachadas dejaban en la parte posterior los corrales para encerrar el ganado. Si pudieramos planear a la espalda de la cigüeña sobre la Trebujena de finales de los sesenta y principio de los setenta, nos daríamos cuenta entre la calle Guzmanes y la calle Larga, entre ésta y la calle Veracruz o entre la calle Veracruz y la calle Del sol por ejemplo, existía un mismo modelo urbano, el mismo modelo urbano que había sido establecido y perdurado desde fines del s. XV. La zona de habitación, la parte para vivienda daba a la calle, apenas varias salas para comedor y alcobas, arriba a veces el soberao, la cocina al fondo comunicaba con el extenso corral, herencia del primer urbanismo repoblador, lugar de usos multiples donde era frecuente la presencia de gallinas, cerdos y otros animales domésticos.
La cigüeña en su volar nos haría una segunda y certera apreciación, nos advertiría de lo rectilíneo y ancho de nuestras calles en contraposición a la forma a como acostumbraban los árabes a hacer sus pueblos, con calles estrechas y muy dadas a las revueltas y a la asimetría.
Definitivamente nuestra Trebujena, las calles y plazas que hoy conocemos vienen determinadas por la Carta Puebla de 1494.
Y como ya teníamos seña de identidad desde 1494, nos faltaba la enseña, y como pueblo sabio que es éste donde los haya, supo dotarse de ella de la manera más ejemplar y democrática posible, mediante sufragio universal. Y hoy ella también cumple años, hoy se cumplen 10 años de aquella radiante mañana en que la bandera de Trebujena llenó por primera vez sus pulmones con el límpido aire puro de nuestra primavera.
Yo fui testigo de ese momento histórico. Diez años después nuestra bandera es la bandera de todos los trebujeneros y trebujeneras, no es cuestionanda como nadie cuestiona nuestro escudo y es aceptada de la misma manera que todos aceptamos por febrero que la Bruja Piti es la señora del Carnaval, y que, salvando las diferencias y en un plano más metafísico, la Virgen de Palomares es la patrona de Trebujena.
Yo fui testigo repito, yo estaba en esta plaza aquel 21 de abril de 1994. Y fui testigo también y por tanto puedo dar fe de que no existió en todo el proceso llevado a cabo desde que surgió la idea de dotarnos de bandea, hasta el minuto siguiente a la terminación del escrutinio, en todo ese proceso no existió sentimiento alguno de partidismo, todo fue limpio y honrado, aunque algún dirigente de la oposición del momento intentase boicotear el proceso primero y desprestigiarlo una vez concluido.
Afortunadamente hoy esta bandera nos une, porque todo el mundo sabe que la bandera roja de Trebujena propuesta por D. José Angel Gatica, es la que el pueblo votó aquel domingo 23 de enero, y votó todo aquel ciudadano o ciudadana que quiso con los únicos requerimientos de haber nacido en nuestro solar y tener más de 16 años.
No hubo ni trampas ni cartón, y nadie mejor que yo puede saberlo porque el que os habla tenía entonces el honor de ser Concejal de Información y Participación Ciudadana, y que junto a otra persona que en su calidad de funcionario municipal entonces, hoy primer Teniente de Alcalde, compartía despacho conmigo y compartimos también el peso del proyecto.
Por lo dicho, y desde la transparencia de mi gestión municipal, yo no podía entender como en el pleno de aprobación de la bandera el 30 del mismo mes, algunos se empeñaran en quitar representatividad a la recién elegida. ¿Acaso preferían que la hubiesemos elegido entre el alcalde y los concejales? ¿Qué se hubiese encargado su confección a alguién elegido a dedo como se hizo en algún pueblo vecino?. Sinceramente, creo que la forma de ser del trebujenero entiende las cosas de otra manera. Pero bueno, eso también es ya parte de la Historia y de la dialéctica fundamental e intrinseca a toda democracia.
Para ir terminando, me gustaría leeros un fragmento de la declaración de intenciones que hechó a andar el proyecto de dotarnos de bandera, decía así: “Como quiera que todo pueblo, para mantenerse unido, necesita de unos valores y señas de identidad propios que le identifiquen por encima de diferencias ideológicas internas y ante el resto de los municipios vecinos. Y puesto que Trebujena es sobradamente rica en valores culturales que la diferencian de las demás entidades locales que la circundan, pero carece de una señal material y tangible que nos reconozca ante los demás y nos una como trebujeneros...........”.
Y el texto concluía: “Por ello, cuando el 21 de abril del presente año se cumplan los quinientos años de Trebujena como municipio independiente, en el balcón del Ayuntamiento, debiera estar ondeando ya la enseña local con los colores que el pueblo democráticamente decida, para que todos comencemos a sentirla como algo nuestro.”
Creo que estaba claro la bondad de las intenciones, y eso también lo puedo certificar mejor que nadie por que fui yo el autor de esas letras. Pero había gente que se negaba a reconocer que en ambos lados, que a ambos lados, había otra gente dispuesta a terminar con el clima de enfrentamientos fraticidas de nuestro pueblo. Afortunadamente eso también es historia.
Mas no quedó la cosa en el pleno de aquel 30 de enero, la tramitación administrativa de nuestra bandera contó con algunos intentos, ridículos a mi entender, de boicot por parte de otras instancias. Nuestra corporación siguió peleando hasta que por fin se reconoció nuestra soberanía en el decreto 352 de 16 de julio de 1996 que así se publicó en BOJA de 17 de agosto de ese mismo año: “El Ayuntamiento de Trebujena (Cádiz) ha estimado oportuno adoptar su Bandera Municipal, que quedará organizada en la forma siguiente: Paño de color rojo, bandera de diez unidades de larga por siete de ancha. Centrado y sobrepuesto el escudo aprobado en 1970, incluido su timbre de entonces, envuelto en ocho hojas de parra.
Lo firmaba en Sevilla el 16 de julio de 1996 D. Manuel Chaves González como Presidente de la Junta de Andalucía.
En definitiva , y a modo de conclusión, podemos decir que no nació Trebujena con la Carta Puebla, ni se reduce Trebujena a su actual caserío y término municipal, Trebujena es una forma de ser y de entender la existencia.
Trebujena es aquello y es allí donde un trebujenero o una trebujenera sienta sus reales por necesidad, ningún trebujenero, ninguna trebujenera, se va por gusto sino por circunstancias de la vida.
Ningún trebujenero,ninguna trebujenera de verdad puede abandonar su pueblo para siempre, quien así lo hace puede que naciese en esta tierra preñada de vides y envuelta en marismas, pero su nacimiento por estas latitudes puede considerarse meramente coyuntural.
El trebujenero, la trebujenera siempre llevarán a su pueblo y a su gente en lo más hondo y nunca reniegan de él ni de ellos. ¡Es más! Harán patria doquiera que se hallen.
Todo ello no quita importancia a nuestra Carta Puebla, al contrario debemos sentirnos orgullosos de ella, no en vano es nuestro certificado de autenticidad, nuestra denominación de origen, el punto de partida de nuestro Ser como institución política hoy plenamente democrática y representativa.
Si habeis seguido mi discurso desde el principio, habreis notado reiteradas alusiones a la Marisma en distintos periodos históricos, hay una razón para ello. Entre otras nociones, he intentado poner de manifiesto que durante miles de años fue el antiguo lago el que marcó la economía y por ende el poblamiento de esta zona.
Cuando la Marisma fue esplendorosa y rica (pesca, comercio, etc.), los trebujeneros del momento progresaron; cuando la Marisma sufrió fasesde retraimiento los habitantes de nuestro pueblo sufrieron igualmente.
Esto no es fábula, está documentado arqueológicamente, sabemos que cuando se produjo una bajada en el nivel de las aguas, por ejemplo en el 2000 a.C., osea durante el Bronce Medio, o en el s. III d.C., es decir a finales del Imperio Romano, la crisis económica provocada se convertía a su vez en descenso de pobladores.
Hoy volvemos a mirar a la Marisma con esperanza, quedó atrás el regadío que nos negaron y los fuegos de artificio del Spielberg holliwodiano, hoy un nuevo futuro esperenzador se nos anuncia.
Con prudencia lanzo desde aquí una llamada de atención, un aviso para que mantengamos la cabeza sobre los hombros, para que seamos humildes en la gestión de los recursos, para en definitiva fundamentar ahora las bases de progreso de los futuros trebujeneros.
Bases de progreso que no solamente deben serlo en lo social y en lo económico, sino también y más si cabe en lo cultural. Unicamente con un espeso bagage cultural las futuras generaciones podrán edificar una Trebujena más justa e igualitaria. Muchas Gracias. Trebujena 21 de abril de 2004
Luis Caro Romero
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